Cada otoño llega el momento de atrasar el reloj una hora. Puede parecer un simple ajuste técnico, pero para el cuerpo y la mente supone un pequeño desafío: el ritmo circadiano, que regula el ciclo de sueño y vigilia, necesita tiempo para sincronizarse con la nueva hora solar.
Aunque el cambio de hora de otoño se considera “menos agresivo” que el de primavera, diferentes expertos coinciden en que el cuerpo tarda entre 3 y 7 días en adaptarse completamente a estos cambios de hora, por lo que desde hace años se cuestiona su utilidad en la época moderna, ya que trae muchos más problemas metabólicos que beneficios en el día a día.
Según el National Institute of General Medical Sciences (NIGMS), estos ritmos biológicos están controlados por un “reloj interno” que responde principalmente a la luz y la oscuridad. Cuando el horario cambia, la exposición lumínica y los hábitos de descanso se desajustan temporalmente, lo que puede traducirse en dificultad para conciliar el sueño, somnolencia diurna o irritabilidad.
Prepararse para el cambio horario no solo mejora la calidad del descanso, sino que refuerza la concentración, el estado de ánimo y la energía.
De hecho, en personas sensibles, como niños, mayores o personas que padecen insomnio, el efecto puede prolongarse más, generando una sensación de “jet lag social”. Es lo que se conoce como la alteración de los ritmos circadianos, como hemos tratado en alguna ocasión.

¿Qué le sucede al cuerpo con el cambio de hora?
El núcleo supraquiasmático del cerebro, situado en el hipotálamo, actúa como centro de control del reloj biológico. Cuando percibe menos luz, ordena la liberación de melatonina desde la glándula pineal, señalando al cuerpo que es hora de descansar. No en vano, el sueño no es solo descanso: es reparación, equilibrio hormonal y salud mental. Dormir mal durante varios días puede aumentar los niveles de cortisol (la hormona del estrés) y afectar al sistema inmunitario.
El problema es que el horario artificial puede entrar en conflicto con el entorno lumínico real, especialmente en otoño, cuando los días se acortan. El cerebro recibe señales contradictorias: hay luz natural, pero el reloj indica que debería estar anocheciendo.
Este desfase genera fatiga, menor concentración y somnolencia diurna que se ven acrecentados con cambios bruscos de hora como la que se plantea en distintas partes del mundo; aunque algunos países han ido suprimiendo esta costumbre dados los resultados de las distintas investigaciones actuales.
Los más pequeños son especialmente sensibles a las modificaciones del horario. Su sistema circadiano aún está en desarrollo, por lo que cualquier cambio puede generar irritabilidad, somnolencia y dificultad para concentrarse.
En adolescentes, la situación se complica porque el ciclo natural tiende a retrasarse de forma fisiológica, por lo que el cambio de hora puede aumentar la privación de sueño. Los expertos aconsejan fomentar horarios consistentes incluso los fines de semana.

Cómo preparar al cuerpo para el cambio de hora
Los especialistas en cronobiología recomiendan realizar una adaptación progresiva en los días previos al cambio. Para conseguirlo, podemos seguir algunos tips básicos para hacer el cambio de hora menos brusco:
- Ajusta el horario de sueño poco a poco. Empieza a acostarte y despertarte 15 minutos más tarde cada día durante la semana anterior. Este pequeño cambio ayuda al reloj interno a sincronizarse sin provocar una sensación de “golpe horario”.
- Aumenta la exposición a la luz natural. La luz solar es el principal regulador del ritmo circadiano. Exponerte al sol por la mañana estimula la producción de serotonina, que por la noche se convierte en melatonina.
- Evita pantallas antes de dormir. Los dispositivos electrónicos emiten luz azul, que inhibe la producción de melatonina y retrasa la conciliación del sueño.
- Mantén horarios regulares de comidas y ejercicio. Las rutinas diarias actúan como “anclas biológicas”. Comer y entrenar siempre a la misma hora refuerza el ritmo interno y previene el insomnio.
- Crea un entorno favorable para dormir. La habitación debe ser oscura, fresca (entre 18 y 20 °C) y silenciosa. Usa cortinas opacas, evita los ruidos y considera un ritual relajante previo, como lectura ligera o meditación.
Por otro lado, algunos alimentos pueden facilitar la producción natural de melatonina y serotonina, como pueden ser:
- Plátano y avena, ricos en triptófano.
- Nueces y almendras, fuente de magnesio, que relaja los músculos.
- Cerezas y kiwi, que contienen melatonina natural.
- Infusiones de manzanilla o valeriana, con efecto ansiolítico suave.
Los suplementos de melatonina pueden ayudar, pero deben usarse bajo orientación médica, especialmente en personas mayores o con trastornos del sueño crónicos. Su uso indiscriminado puede alterar la secreción natural de la hormona.

