CAPÍTULO 12: Recuerdos escondidos

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II PARTE: EL LEGADO DE UNA NIÑA ADULTA QUE SE DESHIDRATÓ DE TANTO USARSE

CAPÍTULO 12: Recuerdos escondidos

MariaenLaLunaTEXTO: MARÍA EN LA LUNA. Seguramente si pensara detenidamente mi primer recuerdo sería anterior al día que cumplía cuatro años, sin embargo creo que es un buen punto para empezar a contaros quién soy y de dónde vengo.

Como cualquier otro día de verano corría por la calle San Juan, dónde he pasado el 90% de mi infancia. Tuve la suerte de crecer veraneando en un pueblo, muy cercano a Valencia, en el que los buenos recuerdos empiezan a una edad más temprana que si fuera la capital mi única casa. Allí pasaba todos los fines de semana, Navidades, Semana Santa y el verano. Mis padres trabajaban muchas horas y fueron mis iaios y mi tía, soltera en aquel momento, los que pasaban más tiempo con mi hermana y conmigo, se hicieron cargo de nuestro crecimiento y junto a ellos tengo los mejores recuerdos de mi niñez.

No era una mañana cualquiera, esperaba ansiosa la llegada de mis tíos de Córdoba, visita que casualmente, coincidía con mi cumpleaños. Cuando el coche de mi tía, que había ido a recogerlos a la estación del Norte, giró la esquina de la calle San Juan y subió la rampa hasta la puerta de mi casa, eché a correr, influida por la vergüenza y la alegría, para avisar a mis iaios de que mis tíos y mi prima ya estaban aquí.

La acera me traicionó y me puso una zancadilla que acabó en sangre, hospital y puntos en la frente.

Mi tía, que para mí era mi tercera madre, me cogía la mano mientras yo esperaba tumbada en la camilla que me cosieran. Cerré los ojos y cuando escuché un silencio revelador pregunté: “¿Tía, falta mucho para que saquen la aguja?”. Me sentí la niña más feliz del mundo cuando la respuesta fue: “Cariño, sólo falta taparte los puntos. Has sido muy fuerte y valiente”

Es el primer recuerdo que tengo de haber caído al suelo y haber salido reforzada, me levanté con miedo y volví a correr con decisión y valentía. 33 años después, una cicatriz en la frente, me recuerda que ese momento fue el principio del aprendizaje de mi vida.

Soy la pequeña de dos hermanas, la segunda de las primas y la séptima de los 13 primos que completan mi familia por parte de madre. El rol con el que naces, sin elección, marca el resto de tu existencia y ser la segunda exige que te ganes el cariño, respeto y validez de tu entorno. Ser pionera en regalar pasos, palabras y mimos, o simplemente vida, te hace merecedora del amor incondicional de los tuyos, que es el caso de mi hermana. Si llegas después, las cosas son muy distintas.

Yo no digo que esta reflexión sea la correcta, pero sí puedo garantizar que hoy me doy cuenta de que esa lectura es la que me ha acompañado toda la vida y, a consecuencia de ella, se ha formado mi carácter: rico en empatía pero peligroso en sensibilidad.

FOTO: Wikipedia

Al mes y 24 días de mi nacimiento llegó a la familia un nuevo bebé. Por necesidades laborales de sus padres pasó la primera parte de su infancia en una isla, con lo que más de tres viajes al año a su ciudad natal no era posible. Crecí sabiendo que tenía una segunda hermana, que en realidad era mi prima, a la que no podía ver todo lo que me hubiera gustado.

Cuando se trasladaron a Valencia me convirtieron en su protectora, asimilé que mi responsabilidad era que mi prima estuviera bien y que tuviera cubiertas sus necesidades sociales.

Desde mis siete años sentí tener alguien a mi cargo y la obligación de que todo fuera bien, ¿sería una niña madura y/o tan responsable como para que me nombraran progenitora de esa personita de mi misma edad?
Ella nunca ha sido la hija de mi tía, sino la persona a la que tengo que cuidar, a la que quiero como a mi hermana y con la que he compartido días irrecuperables. Esto me ha traído problemas a lo largo de los años, ya que, como una madre sobreprotectora, he tenido que enfrentarme a la revelación de una adulta que ya no acepta consejos.

Ya conocéis a las dos hermanas de mi madre, la tardía soltera (actualmente tiene dos hijas y ha estado casada) y la madre de mi segunda hermana.

Me falta hablaros de la relación con mi hermana biológica para que tengáis una radiografía clara de cómo comencé a asimilar, o crear, mi rol familiar y que factores intervinieron en ello…
Como toda hermana pequeña, idolatraba a la mayor, siempre quería estar con ella. Y mi hermana, como buena primogénita, estaba agobiada de mí, así que no quería que rompiera la intimidad con sus amigas al llevarme con ella.

Desde bien pequeña fui cruel con mi hermana muchas veces…le chantajeaba con chivarme de cosas de adolescentes si no hacía lo que yo quisiera. Creo que casi todos los hermanos pasan por esto, sin embargo, la siguiente etapa de libro, el acercamiento, fue atípico entre nosotras. Cuando yo ya era una adolescente, ella tenía 20 años y vivía en un túnel que contagiaba de oscuridad mi casa.

FOTO: Deviantart

Aunque no voy a ser la típica madre coraje que culpa a las malas compañías de las gamberradas de sus hijos, sí tendré que admitir que la gente con la que empezó a juntarse a partir de llegar al instituto no le beneficiaron nada. Ella, como cualquiera de nosotros, eligió esas amistades…y poco a poco fue adentrándose en ese bucle que estaba repleto de drogas, falsedad y vida nocturna.

Ella siempre se queja de que yo tuve una libertad prematura en comparación a los horarios que tenía que cumplir incluso con 18 años. Pero el tiempo demostró que tenía que ser así…módulo superior de aprendizaje y conocimiento propio.

Hay un recuerdo que nunca se ha borrado de mi cabeza. En mi habitación, un cuerpo grande y masculino sobre otro escuálido, aunque con bonitas curvas, sacudía su honor a base de bofetadas que le castigaban por haber sufrido una crisis de ansiedad envuelta de gritos y llanto. La excusa que me dio cuando le tiré de mi casa, yo tenía 14 años y estábamos comiendo los tres, fue que estaba calmándola. La reacción de mi hermana fue enfrentarse a mí para evitar que él se fuera, ¿y si fuera para siempre?. Creo que esta anécdota define muy bien, por un lado, la situación por la que mi hermana estaba pasando, y por otro, momentos que me hicieron mayor prematuramente. Lo raro es que hoy es ella, mi otra mitad, la que dice que la inmadurez es la razón que, fundamentalmente, no me deja avanzar en una vida de adultos.

Y quizás no vaya muy desencaminada…el paso de los años ha ido alejándome de adquirir responsabilidades…pero las que yo considero que no son mías. Quizás asumir la vida con tanta seriedad siendo sólo una niña me ha empujado a querer jugar con ella. Hablarte a ti, del modo que más disfruto, me ayuda a seguir limando aspectos pequeños que se han convertido en recuerdos grandes, transcedentales.

Sería injusto decir que no tuve una niñez feliz porque lo fui mucho, o una adolescencia dura, porque disfruté de tantos placeres que me olvidé de los despropósitos de otros momentos. Así que definiré lo que me falta por contarte como ‘El legado de una niña adulta que se deshidrató de tanto usarse’.
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Deseos opuestos

Respiras, temprano, y alargas las manos al mundo
porque no sabes que él nunca se marchará.

La pobreza de la conciencia maneja pasos gigantescos
que te obligan a salir corriendo con el sueño
de recuperar unas manos que perdiste
cuando aún no tenías dedos. Hoy son transparentes.

Inicias un camino que construiste, hundiste bajo tierra,
sin saber por dónde andas más que por voces
que orientan tus ojos pero no llegan a tu alma,
que encendieron el miedo a la oscuridad.

Respiras, tarde, echando de menos a un mundo
que te abandonó a la deriva. Juegas con él.

29 de septiembre 2016

María en la Luna

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1 Response

  1. Blanca dice:

    …sin palabras. siempre, incluso cuando no me gusta lo que leo, me gustas! y sacas mi lado mas sensible haciendo que la piel se erice. LOVE U

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